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Trump: “La prensa es el enemigo del pueblo americano”

En Washington se libra estos días una batalla campal entre Donald Trump y los medios de comunicación. Desde la llegada del presidente a la Casa Blanca, los ataques e insultos a la prensa son rutinarios, erosionando cada vez más la confianza de la ciudadanía en los medios. Este viernes, Trump cerró su cuarta semana laboral en el cargo acusando a los periodistas de seis grandes cadenas de televisión de ser “el enemigo de pueblo americano”.

En un tuit, el presidente de EEUU escribió: “Las noticias falsas de los medios fallidos (The New York Times, NBC, ABC, CBS, CNN) no son mi enemigo, son el enemigo del pueblo americano”. A los pocos minutos del mensaje, Trump escribió un segundo tuit en el que calificó a los medios de distribuir información “falsa” y “deshonesta”.


Un día antes, Trump, en su primera rueda de prensa en solitario desde que es presidente, menospreció las informaciones filtradas a la prensa que alegaban que tanto él como miembros de su campaña estuvieron en contacto con los servicios de inteligencia rusos. El republicano también criticó la exclusiva del diario The Washington Post que obligó al general Michael Flynn, el consejero de seguridad nacional del presidente, a dimitir tras revelarse que mintió acerca de una conversación con el embajador ruso en EEUU.

El ataque no es nuevo. Durante la campaña, Trump se especializó en deslegitimar a los medios. En sus mítines, era habitual que el republicano acusara a cadenas de televisión como CNN o diarios como The New York Times de escribir información falsa o hacer una cobertura con prejuicios, carente de objetividad. Con su llegada a Washington, poco cambió.

Y su llegada a la Casa Blanca, al contrario de lo que muchos creían, no calmó la furia del presidente contra los medios. En la primera semana, uno de sus asesores más cercanos, Steve Bannon, dijo en una entrevista con el Times que el partido de la oposición para la Administración Trump es “la prensa” y no el Partido Demócrata.

La Administración Trump Por José Manuel Ortiz Benítez

Has escuchado tanto del hombre, que a veces solo quieres cenar tranquilamente sin tener al noticiero arruinándote la comida como un pelo en la sopa.

El hombre está en todo, como si fuera Dios. Tus vecinos, tus amigos, tu familia, tus colegas, hasta el cartero te habla del personaje y llega un momento del día que tu sistema nervioso se sobresatura de Trump y te preguntas qué puedes hacer para librarte de él?

Me temo que de momento librarse de este Presidente no va a ser posible, dadas las peligrosas chifladuras que dice y la cabezonería de Trump de hacer las cosas apresuradamente como si su mandato presidencial se acabara en 100 días.

Nunca antes habíamos tenido tal despliegue de locuras creadas por la Presidencia de EE.UU., hasta ahora una institución con fama de ser la oficina a cargo de defender los principios y valores democráticos de toda la humanidad.

Cada día sale algo que sobrepasa el nivel de locura del día anterior.  Cosas tan elementales como la seguridad nacional, el principio de contrapesos entre poderes, la independencia de la justicia, o el simple principio de conectar con la realidad, todo esto no existe,  o no está muy claro en la Administración, porque esta presidencia opera en otra dimensión, en la dimensión Trump, en donde la realidad es deforme, los hechos son alternativos y la seguridad nacional se fuga como agua por la grieta de un tubo secreto.

Solo estamos en el principio de la Administración, en la fase de luna miel, y ya estamos con espionajes, revueltas internas, descoordinación,  dimisiones, rechazos de cargos, descuidos de seguridad, y una falta de control y de gestión de la actividad gubernamental. Parece un puñado  de niños de kindergarten que asisten a clase por primera vez sin vigilancia de la maestra.

James Baker, Jefe del Gabinete de Ronald Reagan 
En una Administración normal estadounidense, el Presidente elige a su hombre de confianza y le da el puesto de Jefe de Gabinete y este es el que afina y pone orden en la Administración. Pero en el caso de Trump, Reince Priebus, el ex Secretario General del Partido Republicano, está más perdido que San Martín en la guerra de las galaxias.

Hay problemas básicos, elementales en la Administración Trump, y, como sabemos, solo estamos en los primeros 30 días de gestión. Qué pasará cuando aparezca el primer golpe serio del enemigo, cuando se cometa el primer traspié grave, cuando se tenga que justificar una decisión de ataque, cuando el Presidente tenga que explicar por qué tenemos que desplegar portaaviones y soldados a luchar a tierras lejanas?

“Puede ser que estemos presenciando el pre-apocalipsis” dice mi estimado Don Manuel, en su habitual tono de ciudadano concernido por lo que ocurre a su alrededor.

“De hecho hay quien dice que la humanidad ya ha muerto y que este planeta es un cementerio viviente gobernado sin control ni responsabilidad por el poder imperial de un avatar color calabaza que ha sido enviado para poner fin a la historia” exclama el estimado tocayo Don Manuel .

Quizás todo sea una exageración y que Donald Trump realmente sea el elegido to Make America Great Again.

José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC. Twitter: @jjmmortiz

“Sin nosotros los inmigrantes, Estados Unidos se paraliza”

Washington no funcionó este jueves a pleno rendimiento. Más de 65 restaurantes permanecieron cerrados y centenares de empleados en tiendas y establecimientos no acudieron al trabajo. Se celebraba el Día Sin Inmigrantes, que cumplió su objetivo: demostrar lo necesarios que son los inmigrantes —en gran parte, latinos— para el funcionamiento diario de Washington, donde más del 20% de la población es extranjera.

La protesta se extendió por otras ciudades de Estados Unidos, como Nueva York, Filadelfia o Houston, y adquirió mayor relevancia este año por la llegada del nuevo presidente, Donald Trump, cuyas primeras semanas en la Casa Blanca han confirmado la fuerte retórica antiinmigrante que ya anunció durante la campaña electoral. En menos de un mes, el republicano ha ordenado la construcción de un muro en la frontera con México, aprobado un veto migratorio contra siete países de mayoría musulmana, e impulsado redadas en ciudades de todo el país para deportar a aquellos que residen ilegalmente, la mayoría de los cuales son hispanos.

Según datos del Migration Policy Institute, los inmigrantes forman en torno al 14% (45 millones de personas) de la población de EE UU. De ellos, la mitad provienen de países latinoamericanos. En el mercado laboral, los inmigrantes componen el 17% y sus empleos se condensan en el sector servicios, sobre todo restaurantes, hostelería y pequeños establecimientos. “El hombre anaranjado (en referencia a Trump) quiere deshacerse de nosotros”, dice una mujer hispana y organizadora social en Washington, “pero somos la columna vertebral de este país”.

En Mount Pleasant, un tranquilo barrio latino del norte de la capital, muchos vecinos estaban en huelga y sus negocios permanecían cerrados. Varios de ellos tenían pósters pegados en sus puertas y ventanas con el lema “Unámonos todos” y reivindican, “Señor presidente, sin nosotros y sin nuestro aporte este país se paraliza”. En el centro cristiano La Casa, madres, padres e hijos aprovechan el día libre para asistir a una reunión con una orientadora social, que ofrece instrucciones sobre cómo actuar ante las posibles redadas de las autoridades de inmigración.

“Desde que entró el nuevo presidente Trump creo que nosotros, los latinos, no dormimos tranquilos ni un día”, dice Julia Flores, salvadoreña que vive a pocas calles y lleva 18 años en Washington. “Es importante salir a la calle hoy, no trabajar, y demostrarle al presidente Trump que un día sin latinos es una pérdida para el país”, añadía mientras los asistentes se preparan para iniciar una manifestación hacia la Casa Blanca.

Pero no todos tienen la misma visión. Al otro lado de la calle, Anivar Gómez, uno de los empleados salvadoreños del restaurante “Pollo Sabroso”, observa a los manifestantes desde el mostrador. “El jefe no está aquí así que no le pudimos pedir participar en las protestas”, comenta Gómez. “Nosotros siempre apoyamos a nuestra gente, de manera directa o indirecta. Espero que la marcha de sirva”, dice. Dos locales más abajo, el dueño del “Mercado Salvadoreño” prefería no hablar. “No tengo mucho que decir sobre eso”, comenta desinteresado sobre el Día Sin Inmigrantes.

Restaurantes

Por toda la ciudad, más de 65 restaurantes, tanto estadounidenses como hispanos, permanecieron cerrados en señal de apoyo. Entre ellos, el chef español, José Andrés, cerró varios de sus conocidos locales en Washington en señal de apoyo a los latinos. “En solidaridad con los muchos inmigrantes que empleamos, muchos de nuestros restaurantes en la zona de Washington permanecerán cerrados”, según un comunicado de su conglomerado ThinkFood.

Busboys and Poets, un popular restaurante de comida americana, notificaba con un cartel pegado a cada uno de sus ventanales: “Apoyamos a nuestra comunidad”. La empresa cerró sus tres restaurantes en Washington. Sweetgreen, una cadena de restaurantes de ensaladas, cerró sus 18 sucursales en la capital.

En Nueva York, el Blue Ribbon Sushi estaba cerrado a cal y canto a la hora del almuerzo. “Estamos al 100% con nuestros empleados, tanto si son inmigrantes como si han nacido en América, estén cara al público o en la parte de atrás”, rezaba un cartel a la puerta. “Cuando unos trabajadores que no han perdido un día de trabajo en casi 25 años vienen a ti y te piden un día libre para manifestarse contra la injusticia, la respuesta es fácil”, añadía.

El local pertenece a una empresa de varios restaurantes en la ciudad que también se sumaron a la protesta, un acto que, con todo, fue más simbólico que masivo. La mayor parte de restaurantes de Manhattan, con una altísima proporción de extranjeros empleados en ellos, funcionaba con normalidad, pese a que Nueva York es una de las ciudades más contestatarias con las políticas migratorias de Trump.

Source: EPS 

Dimite Michael Flynn el asesor de seguridad nacional de Trump

Por Amanda Mars

El segundo gran resbalón de la Administración de Donald Trump en solo tres semanas de mandato tuvo lugar en la noche del lunes. Michael Flynn, asesor de seguridad nacional del presidente, anunció su dimisión a las 11 de la noche de Washington tras revelar la prensa que tuvo contactos con el Kremlin y que mintió al respecto a altos cargos del Gobierno. Según anunció la Casa Blanca, le sustituye por ahora el general Joseph Kellogg, jefe de gabinete del Consejo de Seguridad Nacional del presidente. Este escándalo, que conlleva la primera dimisión del equipo de Trump en estas primeras semanas de Gobierno, se suma al bloqueo judicial del decreto migratorio.

La presión en torno a Flynn, un general retirado cuya cercanía con Rusia levantó ampollas desde el principio, fue creciendo desde que a finales de la semana pasada saliera a la luz una reunión que mantuvo en diciembre con el embajador ruso en Washington, Sergei Kislyak. En esa conversación, el ya exasesor del presidente supuestamente habló sobre las sanciones a Rusia impuestas por los ciberataques que los servicios de inteligencia achacan a Moscú.

Según The Washington Post, la ex fiscal general en funciones, Sally Yates (destituida por Trump por negarse a defender el veto migratorio en los tribunales) informó el mes pasado a la Casa Blanca de que Flynn habría mentido a altos cargos del Gobierno -entre ellos, al vicepresidente, Mike Pence- acerca de la naturaleza de la conversación, y advirtió de que el asesor era "potencialmente vulnerable" a chantaje por parte de Rusia. El puesto de Flynn es uno de los más cercanos al presidente. El hecho de que la Casa Blanca supiera desde hace un mes que las relaciones de Flynn con el embajador ruso eran sospechosas, o al menos no las que él había dicho, hace presumir que el escándalo no terminará con la dimisión.

Flynn, de 57 años, es un personaje anguloso. Registrado como demócrata y nombrado por Barack Obama como jefe de la unidad de inteligencia del Pentágono, el luego elegido por Trump como mano derecha en seguridad destacaba por su cercanía con Rusia y sus ataques al Islam. Participó y cobró en algún evento de la televisión Russia Today, que está considerada como el brazo propagandístico del Kremlin. Llegó a hablar del “componente enfermizo” del Islam y reprodujo en las redes sociales mensajes en los que defendía que “el miedo a los musulmanes es racional”.

En su conversación con el embajador ruso, del pasado diciembre, un mes antes de la toma de posesión de Trump como presidente, Flynn pudo cometer una ilegalidad, ya que en esos momentos aún no podía implicarse en gestiones diplomáticas. Una antigua ley nunca que nunca había sido utilizada prohíbe hacer gestiones en política exterior al margen del presidente.

Tras aquella conversación, Putin evitó responder de forma equivalente a las sanciones de Obama, que se despidió de la presidencia expulsando a 35 diplomáticos rusos y cerrando dos centros propiedad del Gobierno ruso en EE UU. El movimiento de Putin fue extraño a ojos de los expertos y contrario a la recomendación de su ministro de Exteriores. Trump le aplaudió en Twitter.

Pocos días después, Flynn negó categóricamente que hubiera hablado con el embajador sobre las sanciones que Obama había dictado contra diplomáticos rusos. Al día siguiente se desdijo, y afirmó que no estaba seguro de si había salido el tema. El asunto clave de su dimisión es que, según su versión, no dijo la verdad al vicepresidente sobre la naturaleza de esa conversación.

"Desgraciadamente, debido a la rapidez de los acontecimientos, di involuntariamente al vicepresidente electo y a otros información incompleta sobre mis llamadas al embajador ruso. Me he disculpado sinceramente con el presidente y el vicepresidente y ambos han aceptado mis disculpas", dice Flynn en su carta de dimisión, distribuida por la Casa Blanca. En esa carta, el general retirado afirma que la llamada con el embajador ruso se enmarca dentro de otras que hizo a distintos diplomáticos extranjeros como parte de la preparación de la transición en Washington.

Con este escándalo, el espectro de la complicidad entre Moscú y la Administración de Trump vuelve sobre la mesa. Los servicios de inteligencia atribuyen al Kremlin una campaña de ciberespionaje durante las elecciones estadounidenses para denostar la campaña demócrata y favorecer la llegada del empresario neoyorquino a la Casa Blanca. El republicano, por su parte, ha mostrado una inusitada simpatía por el presidente ruso, Vladímir Putin, y estuvo negando la hipótesis rusa, incluso cuestionando la credibilidad de la Inteligencia americana, hasta el último momento.

Fuente: EPS 

Melissa McCarthy Playing Tough Role of Press Secretary Sean Spicer On ‘SNL’

Highly Creative, Tough Satire to swallow for Press Secretary John Spicer! 


If Spicer himself thought it was time for “SNL” to tone down the mean, McCarthy only amped it up. She was even more explosive as she mocked fake facts, extreme vetting, Spicer’s outlandish treatment of the media and the Trump administration’s slam on Nordstrom’s for dumping Ivanka Trump’s products.

McCarthy’s barely contained “Spicey” struggled to control himself at the very start of a press conference in the cold open.

“OK, now I’m gonna open it up for questions and I’m probably gonna’ freak if you start asking stupid questions. Speaking of freaks and stupid ones, Glenn Thrush, New York Times, stupid hack, go,” McCarthy snapped.

When cast member Bobby Moynihan, playing Thrush, asked about the court decision against Trump’s travel ban, a furious Spicey pointed skyward, saying: “You’re testing me, big guy.” Spicey vowed to take it all the way to the “People’s Court.” When Thrush explained that it’s not a real court, a livid Spicey shouted: “Don’t eff with me, Glenn.”


El Dedo Fálico de Donald Trump por Manuel Vincent

Dedo Fálico
El de Donald Trump puede apretar el botón nuclear y mandarnos a todos al infierno

El dedo que advierte, el dedo que acusa, el dedo en los labios que manda callar, el dedo que amenaza, el dedo que señala la dirección única, el dedo que impone el capricho inexorable, todas esas facetas del dedo erecto como cola de alacrán se han concentrado en el dedo de ese autócrata chiflado de Donald Trump, que también es el dedo que puede apretar el botón nuclear y mandarnos a todos al infierno.

El poder omnímodo del dedo lo pintó Miguel Ángel en el fresco de la Capilla Sixtina. En lo alto de la bóveda la figura de Jehová aparece como una nave nodriza que en pleno vuelo trasvasa su energía en el cuerpo de Adán para dotarlo de vida. El Creador y su criatura están a punto de juntar las yemas y ese contacto explosivo siempre se ha interpretado como un acto erótico. En ese dedo fálico se concentra el poder del macho.

El misterio del índice en erección proviene de Leonardo da Vinci. Servía de contraseña de una sociedad secreta de pintores que reconocían en ella su sexualidad enigmática. Lo exhibe un apóstol en la Santa Cena, el Bautista de Rafael y se repite en la historia de la pintura como símbolo de autoridad en innumerables imágenes de héroes, profetas y líderes.

Hoy la última fase de la cultura moderna se ha concentrado en el contacto del dedo con el teclado del iPad, hasta el punto que el mundo que se avecina estará poblado por humanoides que solo se comunicarán por impulsos digitales.

De hecho hay quien dice que la humanidad ya ha muerto y este planeta es un cementerio viviente gobernado sin control ni responsabilidad por el dedo imperial de un avatar color calabaza que ha sido enviado para poner fin a la historia. Mientras desayuna, Donald Trump puede apretar el botón nuclear después de tomarse sus propios huevos a la ranchera. Ya no existe un argumento válido que le impida realizar ese capricho.

Manuel Vincent es escrito Español 

Medir la desesperanza por Yoani Sánchez

Las estadísticas engañan. Solo reflejan valores mensurables, realidades tangibles. Los organismos internacionales nos atiborran de números que miden el desarrollo, la esperanza de vida o el alcance de la educación, pero rara vez aciertan en graduar la insatisfacción, el miedo y el desaliento. Con frecuencia en sus informes se describe a una América Latina y a sus habitantes encerrados en la inopia de los dígitos.

Este año la región tendrá un tenue crecimiento del 1,3%, según ha pronosticado la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal). Un dato que apenas logra transmitir la envergadura de las vidas que dejará arruinadas el renqueante andar de la zona. Los proyectos inconclusos y un largo rosario de dramas sociales se acentuarán en muchos de estos países en los próximos meses. El caldo de cultivo donde brotan los populismos.

Sin embargo, el drama mayor sigue siendo la falta de horizontes que experimentan millones de habitantes de este lado del planeta.

Un haitiano que cruza la selva del Darién para llegar a Estados Unidos no lo hace solo impulsado por las míseras condiciones que vive en su país, los destrozos dejados por los fenómenos naturales o las repetidas epidemias que se cobran miles de vidas. El más poderoso motor que lo mueve es la desesperanza, la convicción de que en su tierra no tendrá nuevas oportunidades.

No atisbar el fin de la violencia empuja a otros tantos centroamericanos a escapar de sus países. En varias de estas naciones las pandillas se han vuelto un mal entronizado, la corrupción ha corroído el andamiaje interior de las instituciones y los políticos van de un escándalo en otro. El desaliento promueve entonces una respuesta muy diferente a la que genera la indignación. El primero suscita escapar, la segunda rebelarse.

Mientras tanto, en esta isla del Caribe, millones de seres humanos rumian su propia desilusión. Por décadas los cubanos huyeron movidos por la persecución política, los problemas económicos y el hastío. Hasta el pasado 12 de enero esa sensación de asfixia generalizada tenía una salida, se llamaba política de pies secos / pies mojados y el presidente Barack Obama la eliminó a pocos días de concluir su segundo mandato.

Los más acérrimos críticos de aquel privilegio migratorio aseguran que incentivó las deserciones y las salidas ilegales. Hay quienes critican también su injusto carácter al beneficiar con prerrogativas a quienes no escapaban de un conflicto bélico, un genocidio o un cataclismo natural. Olvidan entre sus argumentos que el desaliento también merece ser tenido en cuenta y computado en cualquier fórmula que intente descifrar la fuga masiva que afecta a una nación.

Un error similar al que cometen los organismos como la FAO, el Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados o la Cepal que se especializan en medir parámetros al estilo de la cantidad de calorías ingeridas cada día, el efecto del cambio climático en los desplazamientos humanos o las décimas que decreció el Producto Interno Bruto de una nación. Sus reportes y declaraciones jamás sopesan la energía que se acumula bajo la frustración, el peso que tiene la decepción o la impotencia en toda migración.

Cuando más de tres generaciones de individuos han vivido bajo un sistema político y económico que no evoluciona ni progresa, se extiende entre ellos la convicción de que esa situación es eterna e inmutable. Llegan a perder el horizonte y en sus mentes echa raíces la idea de que nada puede hacerse para cambiar el statu quo. A ese punto han ido arribando muchos de los nacidos en Cuba después de enero de 1959 y que crecieron con la convicción de que todo había sido hecho por otros que los antecedieron.

Eso explica que un joven que poco antes dormía bajo un techo en La Habana tenía acceso a una cantidad limitada, pero segura, de alimentos a través del mercado racionado y pasaba sus largas horas libres en el banco de un parque se lance al mar en una balsa a merced de los vientos y de los tiburones. La falta de perspectivas está detrás también de una buena parte de los casos de migrantes isleños que han terminado en los último años en manos de traficantes de personas en Colombia, Panamá o México.

Washington no solo ha cortado una vía de escape, sino que la decisión de la Casa Blanca ha terminado por subir los grados de ese abatimiento que trae la crónica ausencia de sueños que caracteriza al país. La Ley de Ajuste Cubano, implementada desde 1966, se mantiene para quienes logren probar que son perseguidos políticos, pero la sensación más extendida entre los potenciales migrantes es la de haber perdido una última posibilidad de alcanzar un futuro.

Sin embargo, ese menoscabo de la ilusión tiene pocas posibilidades de transmutarse en rebelión. La teoría de la olla de presión social a la que Obama ha cerrado la válvula de escape para que el fuego de las estrecheces internas y la represión la hagan estallar suena bien como metáfora, pero no incluye algunos importantes ingredientes. Entre ellos la resignación que desarrollan los individuos sometidos a realidades que se presentan como inmutables.

La creencia de que nada puede hacerse y nada cambiará se mantiene por estos lares como el principal estímulo para levar anclas y partir hacia cualquier rincón del planeta. La olla no estallará con un mar de gente en las calles derrocando al Gobierno de Raúl Castro y entonando himnos en ese soñado “día D” que tantos se cansaron de esperar.

Quienes crean que el cierre de una puerta migratoria actuará como el chasquido de los dedos que despierta a una sociedad hipnotizada a la conciencia cívica, se equivocan. La cancelación de esa política de beneficios en territorio estadounidense no alcanza para crear ciudadanos.

Una nueva barrera burocrática es poca cosa ante quienes consideran que han tocado su techo de vuelo y que en su patria no les queda ya nada por hacer. Esa callada convicción nunca aparecerá en las tablas, los gráficos de barras ni los esquemas con que los especialistas explican las causas de los éxodos y los desplazamientos. Pero desconocerla les hace no comprender tan prolongada escapada.

Lejos de los informes y de las estadísticas que todo lo quieren explicar, la desesperanza llevará a los migrantes cubanos hacia otros lares, reorientará su ruta hacia nuevos destinos. En lejanas latitudes florecerán comunidades que degustarán su consabido plato de arroz con frijoles y seguirán diciendo la palabra “chico” ante muchas de sus frases. Son esos que soltarán una lagrimita cuando vean en el mapa ese trozo de tierra largo y estrecho donde un día tuvieron sus raíces, pero sobre el que nunca pudieron dar frutos.[PIEPAG]

Yoani Sánchez es periodista cubana y directora del diario digital 14ymedio.


Lucha por la Democracia en EE.UU.

Por José Manuel Ortiz Benítez*

Cuando el republicano Jesse Helms, “el Senador NO”, de Carolina del Norte, llegó en el 71 al Congreso de EE. UU. se convirtió rápidamente  en la voz del movimiento conservador. A Helms no le importaba la formalidad, su táctica de trabajo era la misma que la de un soldado atrincherado dispuesto a defender la agenda de su partido con una metralleta entre los hombros, apuntando hacia el frente enemigo.

Los avances que ahora vemos como algo casi normal –desegregación  racial, derechos de la comunidad LGTB, despenalización del aborto, o acción afirmativa (affirmative action) – fueron golpes duros para Helms y para el movimiento conservador.

Las luchas de los 60s, los 70s y los 80s sirvieron de adiestramiento previo para solidificar las agendas entre liberales y conservadores. Sin embargo, el espacio democrático de EE.UU empezó a caldearse de un ambiente mal oliente en la década de los 90s, principalmente con la llegada del ala ultra conservadora.

En 1994, cuando Bill Clinton estaba en el poder, Helms le advirtió al presidente, “Tenga cuidado si viene a visitarnos, es mejor que venga con guardaespaldas.” La advertencia hecha al presidente irritó al mundo civilizado, pero engrandeció la base conservadora que lideraba Helms.

En la lucha por el avance de la agenda conservadora estaba también el Congresista por el estado de Georgia, Newt Gingrich, a quien tampoco le importaban los formalismos, decía lo que la lengua le pedía.

 “Los demócratas traerán a los Estados Unidos las alegrías de la brutalidad y el asesinato de mujeres y niños como en la era de la Unión Soviética” dijo Gingrich en protesta por lo que él estimaba un avance de la agenda liberal.

A finales de los 90s,  gracias a otros precursores como radio talk Rush Limbaugh, el presidente de Fox News, Roger Ailes, el ex vicepresidente Dick Chiney, y otros, el movimiento conservador se hacía con el control del Senado y  la Cámara Baja. Más tarde, en  la contienda legal de las elecciones de 2000, la Corte Suprema de Justicia, con el liderazgo conservador de Antonin Scalia, dio la presidencia a George W. Bush. La agenda conservadora avanzaba, la liberal se estancaba.

Después de los ataques del 11 de Septiembre, la democracia más sólida del mundo se inundó por una avalancha de miedo, terror y sospecha. Enseguida surgió el Tea Party, un club de caballeros de la línea de Darth Vader, dispuestos a castigar al mundo si sus demandas no eran atendidas.

Del caos y del derrumbe financiero del 2008, surgió Barack Obama, profeta para los liberales, islamista radical para los ultra conservadores. La elección de Obama el 4 de noviembre de 2008, estremeció no tanto a los republicanos, sino a la ala ultra conservadora de EE.UU. y sus simpatizantes naturales, skinheads, supremacistas, miembros del KKK, etc.

Para la segunda victoria de Obama en 2012, ya la política americana, como herramienta de negociación, había llegado a su fin. En el último término de Obama, no importaban las urgencias que tenía que atender el país, lo que importa era hacer todo lo posible para tumbar al oponente. La política siempre ha tenido este componente perverso, pero hasta entonces no habíamos visto tal grado de perversidad en el sistema democrático de EE.UU.

Ahora un personaje indescriptible ha llegado al poder y está gobernando como un cacique en la edad media.

Para los ultra conservadores, Trump será el mejor presidente en la historia de la Democracia de EE.UU. Para los liberales demócratas, Trump puede suponer el principio del fin. Nadie sabe lo que ocurrirá, lo que está claro es que la lucha por la Democracia en la potencia número uno del mundo, sigue VIVA, ahora más fuerte nunca.

José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC. Twitter: @jjmmortiz .

Agustín García Calderón, ex presidente de CSJ, a juicio por enriquecimiento ilícito

El expresidente de la Corte Suprema de Justicia (CSJ), Agustín García Calderón, fue enviado a juicio por presunto enriquecimiento ilícito.

Este martes, la Corte en Pleno tomó la decisión con ocho votos a favor de que el exfuncionario del Órgano Judicial sea sometido al proceso.

Según los magistrados, el extitular del Órgano Judicial no justificó 165 mil dólares.

García Calderón fungió como magistrado presidente de la CSJ del 2000 al 2009.

Los magistrados de la Corte Suprema de Justicia (CSJ) ordenaron, este martes, la apertura de un juicio contra el expresidente de ese órgano Agustín García Calderón, por el delito de enriquecimiento ilícito.

Se confirmó que el proceso sería llevado por la Cámara Primera de lo Civil de San Salvador.

Ocho de los magistrados votaron para que el expresidente de la Corte fuera enviado a juicio civil.
García Calderón no pudo justificar ante la Sección de Probidad, de la misma Corte Suprema de Justicia, su incremento patrimonial de 165 mil dólares.





Jorge Ramos: ‘I no longer recognize this country’

I’ve always publicly acknowledged that the United States gave me opportunities that Mexico, my country of origin, did not. But decades after I arrived here, the anti-immigrant rhetoric being turned into policy under Donald Trump has made me realize that I just don’t recognize this country anymore.

In the early 1980s, moving to the U.S. meant that I could speak freely. As a journalist in Mexico, I was censored. Moreover, the U.S. provided me with a job and economic opportunities that I couldn’t have found anywhere else. With boundless generosity, America protected me and granted me the same rights as any other citizen, even though I was an immigrant. I work here. I vote here. My children were born here.

All I want is for new immigrants to enjoy the same opportunities that I—and millions of others throughout American history—have received. But for the moment, Trump is making that impossible.

A couple of days after the president signed an executive order announcing that a wall would be built along the Mexican border, he issued a directive that radically changes deportation priorities in this country. Now, anyone who “committed acts that constitute a chargeable criminal offense” may be deported, even if they were never convicted. Also, immigrants who have committed “fraud … before a government agency” are to be deported as well — which presumably applies to any noncitizen who has ever used a fake driver’s license or made up a Social Security number in order to work.

Translation: Deporting almost all of the 11 million undocumented immigrants living in the U.S. is now a priority. If this is truly the case, will there soon be widespread raids on homes or workplaces? This executive order makes it seem that anyone who is deemed deportable by an immigration officer is at risk.

And Trump—who aspires to be like President Ronald Reagan — refuses to even consider granting undocumented residents a path to citizenship. Since Republicans control both the House and the Senate, Trump could easily push to give immigrants a chance to stay in the U.S. But he won’t. In 1986, Reagan, recognizing the contributions of immigrants, and with the greater good of the country in mind, granted amnesty to about 3 million undocumented people. But Trump would rather expel them.

The president’s xenophobia isn’t limited to Mexicans. In his first days in office, Trump also signed an executive order banning refugees from being admitted into the country for 120 days, and anyone from seven countries — Iraq, Iran, Libya, Syria, Sudan, Somalia and Yemen—from entering for three months. Trump, who partly campaigned on a promise to ban Muslims from entering the U.S., has said that this ban isn’t based on religion. But it’s no secret that these seven nations have a Muslim majority, and that innocent Muslims with no connections to terror networks will be most harmed.

Nobody wants to be a victim of terror. But we must remember that no citizen from the seven countries included in Trump’s ban has participated in a recent terror attack against the U.S. Most of the 19 terrorists who carried out the Sept. 11, 2001, attacks were from Saudi Arabia; the brothers who carried out the Boston Marathon bombings were from Chechnya; and the husband and wife behind the shooting deaths of 14 people in San Bernardino, California, were from the U.S. and Pakistan.

I came to the U.S. in 1983. If Reagan had crafted an arbitrary ban similar to Trump’s and included Mexico, I wouldn’t be here, all on account of an unjust decision. People from those seven countries are being arbitrarily punished, along with refugees from the rest of the world. They are being discriminated against merely because they were born in the wrong country.

As the old saying goes, powerful nations are judged not by how they treat the rich and influential, but by their solidarity with the weak and vulnerable. The U.S. had a rich and storied history of accepting and supporting immigrants with open arms—until Trump arrived.

It’s bizarre that a man who is the son of a Scottish mother, the grandson of a German immigrant and the husband of a Slovenian woman would spout such anti-immigrant rhetoric.

No, some days I don’t recognize the country that has helped me so much.

Jorge Ramos, an Emmy Award-winning journalist, is a news anchor on Univision and the host of “America With Jorge Ramos” on Fusion. Originally from Mexico and now based in Florida, Ramos is the author of several best-selling books. His latest is “Take a Stand: Lessons From Rebels.”

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