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Cámara condena por enriquecimiento ilícito al exdirector ISSS Leonel Flores y lo inhabilita por 10 años

La Cámara Segundo de lo Civil de San Salvador condenó por enriquecimiento ilícito al exdirector del Seguro Social, Leonel Flores, y su esposa Karina de Flores.

El fallo fue a dado a conocer la tarde de este lunes,en el cual se consigna que se apropiaron indebidamente de $812,742 que pertenecían al Estado.

El exdirector y su cónyugue se habrían enriquecido mientras Flores estuvo al frente de Seguro Social.

De acuerdo con la Fiscalía General de la República (FGR) ambos están inhabilitados de ostentar a cargos públicos por los próximos 10 años.

e informó, además, que los esposos Flores deberán enfrentar un eventual proceso penal luego que la Cámara "certifique" a la Fiscalía la probable comisión del delito.
En su cuenta de Twitter, la FGR también detalla que los procesados deben pagar las "costas procesales" y sus respectivos casos serán enviados al Tribunal de Ética Gubernamental (TEG) y al ministerio de Hacienda para que estas instituciones realicen los trámites respectivos en torno a la condena emitida a Flores y su esposa.

Además, la Cámara pondrá a disposición los bienes del exdirector ante el Tribunal Especializado de Extinción de Dominio.

La semana pasada, como medida cautelar, la Fiscalía General de la República (FGR) incautó una vivienda del exfuncionario ubicada en la 105a. Avenida Norte de la colonia Escalón, en San Salvador.
También le congelaron $107,343 en ocho cuentas bancarias, siete de ellas a nombre Flores y uno más a nombre de su esposa.

La propiedad y el dinero pasaron a disposición del Consejo Nacional de Administración de Bienes (CONAB), organismo dependiente del Mministerio de Justicia y Seguridad que se encarga de administración, conservación y destinación de los bienes incautados al crimen organizado.
Leonel Flores reaccionó molesto por la retención de su vivienda y dinero. Aseguró que la casa era producto de un esfuerzo familiar.

Fuente:
http://www.lapagina.com.sv/nacionales/123767/2016/12/05/Camara-condena-por-enriquecimiento-ilicito-al-exdirector-ISSS-y-lo-inhabilita-por-10-anos


Oro macizo

Por Manuel Vincent*

Imagino que Donald Trump es todo de oro macizo, no solo su cuerpo de carne y huesos, sino también los zapatos que calza, la ropa que viste, el cinturón que rodea su barriga y lo mismo sus mujeres y sus hijos.

El resplandor de oro, que este amo del imperio proyecta alrededor, lógicamente es creativo, de modo que la cama donde duerme, los sillones en que se sienta, las alfombras que pisa, los platos, cubiertos y vasos que usa para comer y beber, sus palos de golf, sus cochazos y aviones, hasta el retrete donde se alivia y por supuesto la firma que deja al tirar de la cadena, todo eso también es de oro macizo, como el dogal del capitalismo, que a partir de ahora se venderá por obligación en las joyerías.

Desde que se levanta hasta que se acuesta, Donald Trump expande a su paso la misma luz del rey Midas cuyo resplandor ha llegado ya al asfalto. En las calles y plazas turísticas de cualquier ciudad donde los mimos permanecen hieráticos en un pedestal durante horas sin mover un párpado se ha comprobado que los peatones se sienten impulsados a echarles sin cesar monedas en el plato a los que aparecen vestidos con un ropaje de oro; en cambio, los mimos que representan a gente pobre, desarrapada o contestataria tienen siempre a los pies el plato vacío.

De esa experiencia ha nacido en Nueva York una organización de caridad, que pronto se extenderá por el mundo. Se trata de convertir en mimos a todos los mendigos del planeta que piden limosna en la puerta de restaurantes, supermercados, templos y salas de fiestas, cubrir sus harapos con polvo de oro y esperar que esa luz mueva el corazón de los ciudadanos.

El rey Midas obtuvo de los dioses el don de convertir en oro cuanto tocaba, pero tuvo que rechazar ese don porque sus alimentos se convertían en oro y se moría de hambre. Así imagino a Trump ante una hamburguesa dorada.

Manuel Vincent es escritor español. 



Sobresueldos

Por José Manuel Ortiz Benítez

A este ritmo, pronto no se podrá dar dos pasos en un andén o en una esquina en El Salvador sin tropezar con alguien acusado de corrupción.

“Mi gobierno no pagó ningún sobresueldo a nadie. Un investigado por corrupción puede decir cualquier cosa con tal de salvar su pellejo”, afirma tajantemente el ex presidente Mauricio Funes asilado, por el carril exprés, en Nicaragua, según su representante legal, por acoso político en El Salvador.

"A mí me molestaba eso de los sobresueldos. Me hubiera gustado que viniera incluido en el sueldo (según la Ley del Prepuesto Nacional aprobado por los honorables diputados de la Asamblea Legislativa)" sostiene María Isabel Rodríguez, ex Ministra de Salud en la administración de Mauricio Funes (2009-2014).

La afirmación de María Isabel Rodríguez colisiona frontalmente con la versión que mantiene Mauricio Funes sobre pago de sobresueldos en su Administración. A sus 95 años de edad, la ex ministra ha traspasado la línea del bien y el mal, pues a esa edad, cualquier abogado principiante le conseguiría la condicional incluso por el delito de homicidio en primer grado.

A estas alturas de la vida, la ex ministra no está para querer salvar su pellejo, en cualquier momento se nos muere (Dios no lo permita). Lo que ha dicho la ex ministra, como mínimo, parece ser la realidad, por no decir la absoluta realidad, que hay sobresueldos en todo el alto entramado del gobierno y que ahora los ciudadanos de a pie  empezamos a ver con todo lujo de detalle la operatividad de lo que antes era una mera sospecha en el colectivo salvadoreño.

Ahora se sabe con certeza y pruebas que hay operarios al margen de la ley, cada fin de mes, repartiendo fajos de dinero y recolectando firmas, por cada entrega realizada en ministerios e instituciones autónomas, como en los carteles de la droga, donde se requiere que cada capo firme el justificante de la parte entregada y la parte pendiente, para, entre otras cosas, saldar cuentas, con la cárcel o con la vida, en caso de descuadre al final del periodo de colaboración.

Como para ilustrar más gráficamente el asunto, el ex agente de la DEA, Danny Dalton, nos ha filtrado un video, donde el ex Fiscal General (2013-2015), Luis Martínez, luce bien cómodo, en una chumpa, con las siglas FGR, en letras amarillas, recibiendo un buen fajo de billetes en un sobre, al son de un abrazo fraternal de parte del repartidor.

La escena no podría representar mejor la reunión entre dos capos sicilianos que se juntan en una oficina, al mediodía, alrededor de un escritorio de madera, con café recién hecho, para discutir algún arreglo de negocio. El ex fiscal, extiende el brazo, sin miedo ni pena, y recibe en la palma de su mano un grueso manojo de billetes, al igual que un gánster a sueldo cuando es citado para realizar algún tipo de trabajo sucio por encargo de los de arriba.

La escena del video huele a mafia, a la saga de El Padrino de Francis Ford Coppola, quien acostumbra a proyectar en sus films lo que  es capaz de hacer el ser humano para no hundirse, algo que el ex fiscal intentó y no consiguió, pues ahora se descompone al interior de una cárcel, abandonado por sus antiguos socios y colaboradores.

Funes puede refutar al ex Fiscal General Luis Martínez, alegando que, cuando se está en aprietos con la ley, el indagado es capaz de inventarse cualquier cosa para salvar su pellejo, pero no puede refutar las declaraciones honestas de una anciana de 95 años de edad, cuando afirma que recibía el sobresueldo que le daba su jefe en un sobre corriente cada fin de mes.

José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC.

Miguel Melendez Mecafe entregando un fajo de Dinero a Ex Fiscal Luis Martinez en El Salvador

Qué hace Miguel Melendez, ex Predidente de Centro Internacional de Ferias y Convenciones de El Salvador (CIFCO), durante la Administracion de Mauricio Funes, entregando un fajo con dinero a Luis Martinez, ex Fiscal General de El Salvador (2012-2015) en las oficinas de CIFCO?


Un largo viaje hacia la noche

No aprendemos en cabeza ajena

Por ENRIQUE KRAUZE

¿Cómo se curan los pueblos del hechizo de un demagogo? ¿Cómo salen de la hipnosis? La única vía, por desgracia, es la experiencia. “Nadie aprende en cabeza ajena”, dice el sabio refrán, que penosamente confirma la historia de los hombres y los pueblos.

Donald Trump llegó a la Casa Blanca debido a Donald Trump. Las causas generales (económicas, sociales, demográficas, étnicas, etc.) que se han aducido no son, a mi juicio, las decisivas. Lo decisivo ha sido la hipnosis que ejerció en un sector muy amplio del electorado estadounidense.

Trump declaró, famosamente, que si asesinara a una persona en la Quinta Avenida, nadie se lo reclamaría. Es verdad. Los medios exhibieron sus probables delitos, su cínica evasión de impuestos, sus múltiples bancarrotas, sus copiosas e inagotables mentiras, sus desdén absoluto por los datos objetivos y los hechos comprobados, su desprecio por la dignidad de las mujeres, su burla de los minusválidos, su odio racial a los mexicanos y su intolerancia radical a los musulmanes, su crudo nativismo, sus amenazas contra la libertad de expresión, su mofa de las instituciones, su inconmensurable y peligrosísima ignorancia del mundo. Fue inútil. Todo se le resbaló. Todo se le perdonó.

“Algo extraordinario está ocurriendo”, decía Trump una y otra vez. A eso precisamente se refería, a su total impunidad, al delirio por su persona, por su personaje. Su reality show se había escapado mágicamente de la pantalla hasta ocupar todo el territorio del país a lo largo de más de un año. Ahora podía llevar su exitoso programa The Apprentice a la Casa Blanca y despedir a quien se le viniera en gana: you're fired. Sesenta millones de estadounidenses querían tomarse un selfie colectivo con Trump en actos de histeria reminiscentes a los de todos, absolutamente todos, los dictadores de la historia que llegaron al poder por la vía de su carisma, expresado sobre todo a través de la palabra.

Desde ese endiosamiento podrá decir o hacer, por un tiempo, lo que le venga en gana. Gobernará por Twitter. Su destino manifiesto es recobrar el pasado de grandeza (supuestamente) perdido: Make America Great Again. Y no cejará en perseguir ese empeño de acuerdo a las pautas que ha trazado. Quienes crean que hay un Donald Trump anterior al fatídico martes 8 de noviembre y otro después se equivocan. Trump hará lo que ha dicho que hará y solo la realidad, una vez que sus acciones tengan las consecuencias previsibles, minará lentamente su prestigio. Pero ni aun en esa circunstancia se dará por vencido. No está en su carácter, en su psicopatología, en su biografía. Si ocurre culpará a las fuerzas del mal anteriores a él o contemporáneas, responsabilizará a la prensa y los medios liberales, hablará de un complot, fustigará a propios y extraños: hará de su presidencia una campaña permanente, un interminable orgasmo con la multitud que lo adora.


La inmensa mayoría del pueblo alemán —ejemplo paradigmático— rehusó ver de frente el horror que representaba Hitler y el abismo al que lo precipitaría. Pudiendo detenerlo a tiempo dejó que creciera y culminara su obra de destrucción. Solo después, al contemplar las ciudades arrasadas, al hacer el recuento de los daños, de los muertos, el humo comenzó lentamente a disiparse de la mirada.

Solo con el paso del tiempo el alud irrebatible de los hechos convenció al ciudadano alemán del horror sin precedente que habían alentado. Y décadas más tarde, asumiendo con valentía la culpa histórica de sus antepasados, las generaciones posteriores se han vacunado contra el terrible mal. Hoy Alemania se ha convertido, paradójicamente, en la vanguardia de la libertad occidental.

En América Latina tampoco aprendemos en cabeza ajena. ¿Cuántos años le ha tomado a Argentina comenzar a calibrar, lenta y penosamente, el engaño histórico del peronismo? No sé si cuando mueran Fidel y Raúl Castro el pueblo cubano reaccionará con el rechazo y la desilusión que merece su fallida y opresiva utopía. Dependerá de la supervivencia de la Nomenclatura militar y política cubana, que muy bien podría prolongar el mito de la Revolución hasta la eternidad.

Pero no tengo duda de que el drama espantoso de Venezuela ha convencido ya a la mayoría de la población del origen de su tragedia. ¿Cómo es posible que siendo el país más rico del mundo en reservas petroleras Venezuela haya descendido a niveles casi haitianos de miseria? No hay más explicación que el carácter dictatorial del régimen, resultado natural de entregar todo el poder a un demagogo.


En México no hemos vivido el populismo. El sistema político mexicano que predominó en el siglo XX era inherentemente corrupto (sus herederos lo siguen siendo) pero no era populista porque el poder presidencial estaba acotado a seis años y recaía en la institución presidencial, no en el carisma del presidente. Eso podría cambiar en 2018: los pueblos no aprenden en cabeza ajena.

Después de sufrir una terrible guerra civil y una larguísima dictadura, España logró una ejemplar transición política hacia la democracia. Ese pacto de civilidad y tolerancia fue la inspiración de las transiciones latinoamericanas a la democracia. ¿Cómo es posible que algunos españoles crean ahora en Podemos, el partido populista que trabajó abiertamente para ese sepulturero de la democracia venezolana que fue Chávez? Por la misma razón: ningún pueblo aprende en cabeza ajena.

¿Despertará el ciudadano estadounidense de la hipnosis de Trump? Los pesos y contrapesos, las libertades individuales y, sobre todo, los medios tradicionales de comunicación, en particular los periódicos, harán su parte. Durante la campaña tuvieron un desempeño heroico y ahora (por si no enfrentaran suficientes problemas de supervivencia) les va la vida en hacerlo. Pero si esos medios fueron insuficientes durante la campaña podrían serlo durante los cuatro u ocho años de la presidencia de Trump. El voto latino y afroamericano así como la movilización ciudadana podrían incidir también en los resultados electorales futuros. La presión mundial (en el caso de que cumpla casi cualquiera de sus amenazas) obrará en su contra.

Pero a fin de cuentas solo la constatación del desastre convencerá a los votantes y los librará de la hipnosis. Y llevará tiempo, quizá mucho tiempo. El populismo es la demagogia en el poder. La demagogia es la tumba de la democracia. Nos espera —parafraseando a Eugene O'Neill— un largo viaje hacia la noche.

La decadencia de occidente

Seguidores de Donald Trump 
Por MARIO VARGAS LLOSA

El ‘Brexit’ y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de esa muerte lenta
en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos y renuncian a luchar

Primero fue el Brexity, ahora, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Sólo falta que Marine Le Pen gane los próximos comicios en Francia para que quede claro que Occidente, cuna de la cultura de la libertad y del progreso, asustado por los grandes cambios que ha traído al mundo la globalización, quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó “la llamada de la tribu” —el nacionalismo y todas las taras que le son congénitas, la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, la autarquía—, como si detener el tiempo o retrocederlo fuera sólo cuestión de mover las manecillas del reloj.

No hay novedad alguna en las medidas que Donald Trump propuso a sus compatriotas para que votaran por él; lo sorprendente es que casi sesenta millones de norteamericanos le creyeran y lo respaldaran en las urnas. Todos los grandes demagogos de la historia han atribuido los males que padecen sus países a los perniciosos extranjeros, en este caso los inmigrantes, empezando por los mexicanos atracadores, traficantes de drogas y violadores y terminando por los musulmanes terroristas y los chinos que colonizan los mercados estadounidenses con sus productos subsidiados y pagados con salarios de hambre. Y, por supuesto, también tienen la culpa de la caída de los niveles de vida y el desempleo los empresarios “traidores” que sacan sus empresas al extranjero privando de trabajo y aumentando el paro en Estados Unidos.

No es raro que se digan tonterías en una campaña electoral, pero sí que crean en ellas gentes que se suponen educadas e informadas, con una sólida tradición democrática, y que recompensen al inculto billonario que las profiere llevándolo a la presidencia del país más poderoso del planeta.

La esperanza de muchos, ahora, es que el Partido Republicano, que ha vuelto a ganar el control de las dos cámaras, y que tiene gentes experimentadas y pragmáticas, modere los exabruptos del nuevo mandatario y lo disuada de llevar a la práctica las reformas extravagantes que ha prometido. En efecto, el sistema político de Estados Unidos cuenta con mecanismos de control y de freno que pueden impedir a un mandatario cometer locuras. Pues no hay duda que si el nuevo presidente se empeña en expulsar del país a once millones de ilegales, en cerrar las fronteras a todos los ciudadanos de países musulmanes, en poner punto final a la globalización cancelando todos los tratados de libre comercio que ha firmado —incluyendo el Trans-Pacific Partnership en gestación— y penalizando duramente a las corporaciones que, para abaratar sus costos, llevan sus fábricas al tercer mundo, provocaría un terremoto económico y social en su país y en buen número de países extranjeros y crearía serios inconvenientes diplomáticos a Estados Unidos.

Su amenaza de “hacer pagar” a los países de la OTAN por su defensa, que ha encantado a Vladímir Putin, debilitaría de manera inmediata el sistema que protege a los países libres del nuevo imperialismo ruso. El que, dicho sea de paso, ha obtenido victoria tras victoria en los últimos años: léase Crimea, Siria, Ucrania y Georgia. Pero no hay que contar demasiado con la influencia moderadora del Partido Republicano: el ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones pese a la oposición de casi toda la prensa y la clase más democrática y pensante, muestran que hay en él algo más que un simple demagogo elemental y desinformado: la pasión contagiosa de los grandes hechiceros políticos de ideas simples y fijas que arrastran masas, la testarudez obsesiva de los caudillos ensimismados por su propia verborrea y que ensimisman a sus pueblos.

Una de las grandes paradojas es que la sensación de inseguridad, que de pronto el suelo que pisaban se empezaba a resquebrajar y que Estados Unidos había entrado en caída libre, ese estado de ánimo que ha llevado a tantos estadounidenses a votar por Trump —idéntico al que llevó a tantos ingleses a votar por el Brexit— no corresponde para nada a la realidad. Estados Unidos ha superado más pronto y mejor que el resto del mundo —que los países europeos, sobre todo— la crisis de 2008, y en los últimos tiempos recuperaba el empleo y la economía estaba creciendo a muy buen ritmo. Políticamente el sistema ha funcionado bien en los ocho años de Obama y un 58% del país hacía un balance positivo de su gestión. ¿Por qué, entonces, esa sensación de peligro inminente que ha llevado a tantos norteamericanos a tragarse los embustes de Donald Trump?

Porque, es verdad, el mundo de antaño ya no es el de hoy. Gracias a la globalización y a la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo la vida de todas las naciones se halla ahora en el “quién vive”, experimentando desafíos y oportunidades totalmente inéditos, que han removido desde los cimientos a las antiguas naciones, como Gran Bretaña y Estados Unidos, que se creían inamovibles en su poderío y riqueza, y que ha abierto a otras sociedades —más audaces y más a la vanguardia de la modernidad— la posibilidad de crecer a pasos de gigante y de alcanzar y superar a las grandes potencias de antaño. Ese nuevo panorama significa, simplemente, que el de nuestros días es un mundo más justo, o, si se quiere, menos injusto, menos provinciano, menos exclusivo, que el de ayer.

Ahora, los países tienen que renovarse y recrearse constantemente para no quedarse atrás. Ese mundo nuevo requiere arriesgar y reinventarse sin tregua, trabajar mucho, impregnarse de buena educación, y no mirar atrás ni dejarse ganar por la nostalgia retrospectiva. El pasado es irrecuperable como descubrirán pronto los que votaron por el Brexit y por Trump. No tardarán en advertir que quienes viven mirando a sus espaldas se convierten en estatuas de sal, como en la parábola bíblica.

El Brexit y Donald Trump —y la Francia del Front National— significan que el Occidente de la revolución industrial, de los grandes descubrimientos científicos, de los derechos humanos, de la libertad de prensa, de la sociedad abierta, de las elecciones libres, que en el pasado fue el pionero del mundo, ahora se va rezagando. No porque esté menos preparado que otros para enfrentar el futuro —todo lo contrario— sino por su propia complacencia y cobardía, por el temor que siente al descubrir que las prerrogativas que antes creía exclusivamente suyas, un privilegio hereditario, ahora están al alcance de cualquier país, por pequeño que sea, que sepa aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las hazañas tecnológicas han puesto por primera vez al alcance de todas las naciones.

El Brexit y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de decadencia, esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo. Fuente de las peores desgracias que ha experimentado el Occidente a lo largo de la historia, ahora resucita y parece esgrimir como los chamanes primitivos la danza frenética o el bebedizo vomitivo con los que quieren derrotar a la adversidad de la plaga, la sequía, el terremoto, la miseria. Trump y el Brexit no solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves. Ellos representan la renuncia a luchar, la rendición, el camino del abismo. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, apenas ocurrida la garrafal equivocación, ha habido autocríticas y lamentos. Tampoco sirven los llantos en este caso; lo mejor sería reflexionar con la cabeza fría, admitir el error, retomar el camino de la razón y, a partir de ahora, enfrentar el futuro con más valentía y consecuencia.

Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2016.

© Mario Vargas Llosa, 2016.

Iinmigrantes serían deportados hasta por orinar en la vía pública

Salvadoreños serían deportados hasta por orinar en la vía pública
Por: Maribel Montengro

Donald Trump prometió hacer deportaciones masivas de latinos, especialmente aquellos que han cometido delitos

La incertidumbre en la comunidad latina radicada en los Estados Unidos ha incrementado con la victoria de Donald Trump. De eso no hay dudas. Sobre todo por el discurso antiinmigrante que el nuevo presidente realizó en su campaña.

Trump prometió hacer deportaciones masivas de latinos, especialmente aquellos que han cometido delitos.

En Estados Unidos hay miles de salvadoreños que enfrentan procesos judiciales por faltas leves. Así lo asegura Salvador Sanabria, representante de El Rescate,  una fundación que ofrece servicios de asesoría migratoria a indocumentados, y que desde hace más de tres década está luchando por favorecer a los salvadoreños con  un estatus migratorio formal.

Sanabria detalló que la principal duda surge respecto al destino de los salvadoreños que afrontan procesos judiciales en los Estados Unidos “hasta por orinar en la calle”.


El especialista explicó que son muchas las faltas leves que han cometido los salvadoreños que residen en los Estados Unidos de manera ilegal.

“Hay  procesos por botar basura en la vía pública, pero lo que más predomina es por manejar sin documentos de tránsito y por violencia intrafamiliar”, dijo.

En al menos 10 Estados, los indocumentados pueden tramitar permisos de conducir, ya que en Estados Unidos conducir sin licencia es considerado un delito grave.

Por ello, Sanabria recomienda tramitar la licencia de conducir lo más pronto posible para evitar problemas legales.


A quienes son residentes, Sanabria aconseja que busquen la ciudadanía o la naturalización, ya que ello garantizará que no sean deportados.

El gobierno salvadoreño espera que los procesos de deportación sean los normales, los mismos de siempre. Así lo ha manifestado el canciller Hugo Martínez.

Pero el temor de las organizaciones que velan por los derechos de los inmigrantes, como El Rescate, es que el Gobierno no esté haciendo nada a favor de los compatriotas.

“Yo hasta ahora no he visto que haya una reunión o una conversación entre el señor Trump y el presidente de la República (Salvador Sánchez Céren)”, indicó Sanabria.

Según el canciller Martínez, ya hay acercamientos. “Nosotros vamos avanzando con los equipos de transición”, dijo.

Estadísticas oficiales indican que cerca de 2.5 millones de salvadoreños residen en Estados Unidos, al menos 200 mil son beneficiados con el Programa de Protección Temporal, conocido como TPS. Pero la mayoría no tiene ningún beneficio migratorio.
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El Fin del Mundo


Escrito por José Manuel Ortiz Benítez

Mi estimado tocayo Don Manuel dice que los finales suelen ser lentos, dolorosos y muchas veces burocráticos.

Nadie sabe lo que va a hacer el presidente electo Donald Trump con los problemas del mundo que hereda, el cambio climático no parece ser una prioridad, los derechos humanos son diversión para las ONGs, y las relaciones transatlánticas líneas de negocios poco rentables que no se pueden mantener en el catálogo al precio actual.

La inmigración por el contrario es material de alta promesa adonde habrá que hincar el diente a fondo, entre otras porque hay que saciar el hambre que tiene buena parte del electorado que eligió el nuevo orden de cosas.  Saciar el hambre contenida durante 40 años va a requerir de mucha carne, que de algún lado tendrá que salir.  La carne no solo tendrá que ser fresca, sino joven y deliciosa.

Deportar carne vieja no tiene mucho sentido, ese pellejal es minoritario y no tiene valor, no aporta el valor nutritivo de la cantidad dietética recomendada para un electorado salivoso, ansioso por comer deportaciones.

Vamos a deportar “De 2 a 3 millones de personas, inmediatamente” dijo Donald Trump a la periodista de CBS News, Lesley Rene Stahl, el domingo por la tarde durante el programa 60 Minutes.

El temperamento del presidente electo “parecía más calmado y cometido” informó a su jefe la entrevistadora inmediatamente después de la entrevista con el nuevo líder del mundo libre como si se tratara de un animal con problemas de temperamento.

En la mitad de la entrevista Lesley le preguntó sobre el aumento de los ataques de odio a las minorías expuesto por los medios y corroborado por la FBI, el líder del mundo libre respondió:  “Si ayuda en algo, les pido que paren”. Después, el Sr. Trump como que sintió  que la llamada al orden necesitaba de más carácter, entonces giró la cabeza y, con cara de póker, dijo a la cámara: “Stop it.”

El repentino aumento de ataques de odio de parte del electorado de Trump demuestra la ansiedad de limpiar al país de impurezas,  ve a las minorías como amenaza y al inmigrante como enemigo invasor de su espacio vital, de ahí la necesidad inmediata de despojarlo.

Nadie sabe el número real de inmigrantes indocumentados en EE.UU.  El cálculo de las autoridades está  entre 11 y 15 millones, y de esos el propio FBI y Homeland Security dicen que unos 350,000, es decir  menos del 5%, tienen algún tipo de record criminal impuesto por un juez. Por el contrario, si por record criminal se entiende haber entrado a EE.UU. de manera ilegal, el 100% de todos los indocumentados son potencialmente criminales.

El acto de entrar de manera ilegal en EE.UU. es una ofensa criminal leve. Permanecer en EE.UU. de manera ilegal durante 6 meses o más,  es una ofensa criminal gruesa. Entrar por segunda, tercera, cuarta vez, de manera ilegal, es una ofensa contra la seguridad nacional.

Los posibles nombramientos de Rudy Juliani, como jefe del Departamento de Justicia, Joe Arpaio, de Homeland Security, y Steve Brannon, supremacista blanco como Estratega en Jefe de la Casa Blanca, indican que el enfoque será limpiar a EE.UU. del indocumentado indeseable, sea este criminal convicto o un simple trabajador sin documentos. Toma dinero, paciencia y ganas separar la semilla de la paja, algo que los personajes mencionados no van aplicar, porque no hay tiempo y el hambre de deportaciones está alta.
   
El final del mundo para los indocumentados empieza el 20 de enero de 2017, inmediatamente después de la inauguración presidencial de Donald Trump.  Empieza, por ejemplo, con la anulación del decreto de la “Acción Diferida” (DACA) que dio Obama en 2015 a cerca de 1.5 millones de jóvenes que entraron a Estados Unidos inocentemente sin papeles durante su infancia. La generación DREAMers no tiene nacionalidad, de manera que sin DACA no pueden gozar de derechos civiles del único país que consideran el suyo.

A la larga y en retrospectiva, puede que la llegada de Trump se recuerde en los libros de la historia como el principio del final. Pero si lo es, ni nos vamos a enterar, porque los finales muchas veces empiezan con un simple sello estampado sobre un papel y como dice el poeta Thomas Stearns Eliot “con el gemido de un inocente al interior de un centro de detención.”


José Manuel Ortiz Benítez es columnista salvadoreño en la ciudad de Washington, DC. 

Todo encaja

Por Manuel Vincent*

Esa sensación de que ya lo has visto todo y de que ya nada te puede sorprender no ha sido alterada con la llegada de un patán a la cumbre del imperio. Todo encaja. A la comida basura, a la televisión basura, al periodismo basura, a la cultura basura, a la economía basura, a la educación basura, al patriotismo basura, al racismo basura, al machismo basura le corresponde este Donald Trump, un presidente de Estados Unidos también basura. Nada más lógico.

Este figurante sabe que la política es un espectáculo y ha aprovechado la pista del circo para realizar su número. He aquí a Donald Trump como un Sansón ciego y hortera dispuesto a derribar los pilares del templo, los fundamentos del sistema.

Para ello se ha servido del odio y del miedo, una mezcla explosiva que nunca falla. Los analistas políticos tratan de explicarnos todas las variables sociológicas que han hecho posible que un millonario histrión, prácticamente analfabeto y con una visión de la historia que no va más allá del negocio de la construcción se haya encaramado en lo alto del gran pastel de calabaza de la Casa Blanca, pero nadie ha explicado el placer que un inmigrante habrá sentido al votar a este candidato después de zamparse una hamburguesa de carne de perro, ni la convulsión sexual que habrá generado este macho rijoso en las teñidas amas de casa de la América profunda.

El triunfo de Donald Trump ha despertado un sentimiento de vergüenza ajena entre las élites intelectuales y científicas, que no se explican que un país donde están las mejores universidades del mundo y los centros de investigación más avanzados haya votado a un cateto de presidente. No hay por qué sorprenderse.

Hace ya tiempo que los valores que sustentaban el orden moral se han desmoronado. También a estos finos intelectuales dentro de poco Donald Trump les va a parecer un político normal.

Manuel Vincent es escritor español

¡Peligro: democracia!

Dos mujeres en Moscú ante un cartel que muestra a Putin y Trump. ALEXANDER ZEMLIANICHENKO AP PHOT
“Esta edad vanidosa
que se alimenta de vacuas esperanzas,
ama los cuentos y odia la virtud;
esta edad que adora lo útil
y nunca ve la vida,
se hace cada día más inútil”.
(G. Leopardi)

Escrito por Fernando Savater

Confieso sentir un perverso placer cuando las predicciones de los especialistas sobre algún comportamiento colectivo fracasan estrepitosamente. Y ello aunque lo que realmente ocurre sea para mí más inquietante que lo que parecía que iba a pasar.

Mi regocijo agridulce es del mismo tipo que expresa la repetidísima exclamación de Voltaire (apócrifa, por otra parte): “Estoy en completo desacuerdo con lo que usted dice, pero daría mi vida por que pudiera seguir diciéndolo”. De semejante modo, lamento que los votantes en una consulta o en unas elecciones se pronuncien mayoritariamente contra lo que aconsejan los expertos más fiables o la simple argumentación racional, pero me alegro de que tal desvío pueda ocurrir, porque la capacidad masiva de disparatar a coro es una prueba de salud democrática.

De hecho, esta temible disposición es el argumento derogatorio que han empleado siempre contra la democracia sus adversarios más insignes, desde Platón a Borges. Y hoy continúa escandalizando a muchos de menor talento. Pero precisamente en ese punto estriba lo característicamente democrático. Jean Cocteau aconsejaba: “Lo que todos te censuran, cultívalo… porque eso eres tú”. Con algo de prosopopeya, también podríamos decírselo a Doña Democracia.

Deplorando el resultado de las elecciones presidenciales norte­americanas, una portavoz de Podemos dijo: “Hoy es un día triste para la democracia”. Lo repitió varias veces y luego, ya lanzada, dijo también que “era un día triste para la humanidad”. Pasemos por alto esta última hipérbole, porque a todos se nos puede calentar la boca. Pero ¿por qué es un día triste para la democracia? Sin duda es una jornada poco radiante para quienes, como esa señorita y yo mismo, aborrecemos el ideario agresivamente xenófobo, clasista, machista y sobre todo apoyado en descaradas exageraciones y falsedades del ya presidente Trump. Pero ni la portavoz ni yo somos dueños de las instituciones, debemos compartirlas con otros millones de personas que desdichadamente no piensan como nosotros.

En cambio, desde otra perspectiva, unas elecciones donde los ciudadanos prefieren contra todo pronóstico a un candidato al que no apoyan ni en su propio partido (mientras a su rival la recomendaba el presidente anterior, los periódicos de referencia, artistas, intelectuales, etcétera), que vomita barbaridades, se comporta públicamente como un patán, ofende a todos los grupos sociales imaginarios, promete medidas políticas autoritarias, belicistas o que amenazan mejoras sociales, demuestra ser un ignorante en casi todo y elogia demagógicamente a quienes lo son aún más que él… Pues vaya, caramba, eso sí que es una muestra estremecedora pero indudable de libertad. Porque elegir según recomienda la lógica, la fuerza de las razones, la opinión de los expertos políticos y morales, puede ser socialmente beneficioso, pero deja un regusto de que es “lo que hay que hacer”, lo obligado; mientras que ir contra lo que parece conveniente y cuerdo es peligrosísimo, pero sin duda revela que uno sigue su real gana.

Cuando se incendia la casa, el que sale corriendo para salvar el pellejo hace muy bien, pero obedece a las circunstancias; libre, lo que se dice grandiosamente libre, es el que se queda dentro cantando salmos entre las llamas.

La libertad política es algo muy deseable de tener pero peligroso de utilizar. Nos hemos criado oyendo mencionar al poder como el coco que quiere devorarnos: el lenguaje del poder, las asechanzas del poder, la cara oculta del poder… Lo imaginamos oculto en cenáculos restringidos donde conspiran unos cuantos plutócratas desalmados. Seguro que hay algo de verdad en esta caricatura siniestra, pero el poder más temible en democracia es precisamente el que comparten todos y cada uno de los ciudadanos: el poder de elegir. Temblamos con razón ante los autócratas que monopolizan el mando, pero en nuestras democracias es lógico sentir escalofríos al pensar en las multitudes que deciden quién debe ostentarlo.

Algunos tratan de aliviar este recelo asegurando que la mayoría de los ciudadanos no pueden ser llamados realmente libres porque son ignorantes en las cuestiones de gobierno, se dejan engañar o seducir con promesas vanas, se asustan ante amenazas imaginarias, son venales, xenófobos, intolerantes… Pero todo esto sólo quiere decir que son humanos: esos mismos defectos existen en todas partes, aunque no haya libertades políticas. En democracia la diferencia es que pueden expresarse y elegir lo que prefieren: quizá no sean más felices que otros vasallos, pero al menos son tratados como realmente humanos.

No se les reconocen sus virtudes, sino su dignidad. La democracia no es ante todo el asilo de la lucidez, la solidaridad, el buen gusto o la creación artística, sino que es “la tierra de los libres”, como dice el himno de Estados Unidos.

Para evitar que el devenir democrático sea una serie de dictaduras electivas contrapuestas, están las leyes. Los ciudadanos basan las garantías de su libertad participativa en el acatamiento de la Constitución. Los que hablan de fascismo y caos tras la victoria de Trump fantasean tétricamente. Lo único que verdaderamente sonó inquietante en el discurso electoralista de Trump fue la amenaza de no respetar el resultado de las elecciones si no le gustaba.

Algo parecido a lo que hoy berrean por las calles —espero que por poco tiempo— los modernos caprichosos del “No es mi presidente” o “No me representa”, que se consideran por encima de la democracia y capacitados para decidir cuándo la libertad ha optado por el bien y cuándo no.

En España ya estamos acostumbrados a quienes piensan que la democracia funciona mejor sin leyes que la coarten, como la paloma de Kant creía volar mejor en el vacío… Sin duda Trump es populista, como en nuestro país Podemos y sus siete enanitos: no porque prediquen lo mismo sino porque predican del mismo modo, empleando la retórica demagógica para conseguir aunar la heterogeneidad de los descontentos.

En la era de Internet, el populismo tiene campo abonado. Y es inútil empeñarse en regañar a la gente por sus preferencias (todos son “gente”, los que piensan como nosotros y los demás), mejor es perseverar en educarla para argumentar y comprender en lugar de aclamar. También hay que proponer alternativas ideológicas fuertes, no simplemente apelar al pragmatismo y la rentabilidad. Hagamos lo que hagamos, seguiremos remando en lo imprevisible. Porque la incertidumbre no la ha traído Trump, sino la libertad.

Fernando Savater es filósofo y ensayista, autor entre otros libros de ‘Voltaire contra los fanáticos’.
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